domingo, 18 de noviembre de 2007

"La Cerveza de la Discordia"

“LA CERVEZA DE LA DISCORDIA”


Selinia era una mujer normal como tantas otras, con una educación normal, unas actividades normales; una vida normal. Hasta aquí todo normal, en apariencia, dado el tiempo que le tocó vivir, y el lugar. Una pequeña ciudad, con todos los complementos haciendo juego, en un lugar donde la información se jubila antes de llegar.

La educación recibida es producto de un régimen que está próximo a la anorexia, comenzando por el cerebro que es lo más afectado por falta de nutrientes, y continuando por el lugar donde recibes la educación que te va a formar como persona. Y estando en una tierra de tanto dicho refranero, extraño sería que no hubiese ninguno que no se prestase en esta historia, y hay va, “Ou nas mans ou nos pes aste parecer a quen es” (o en las manos o en los pies tienes que parecerte a quien te procreo); allí donde uno se cría y educa recibe una gran parte de lo que otros han recibido, para bien o para mal. Creen que aquello que es bueno para ellos tiene que serlo por fuerza para los demás, y si esos demás son sus hijos, mejor; pero no es así como sucede.

La educación era propia de la época, y se había pasado de generación en generación con mucho orgullo. ¡Qué no es fácil preparar a una mujer para soportar todas las tareas a las que tendrá que enfrentarse, y el toro que tendrá que lidiar, creemos que todo el monte es orégano!..., siempre comentaba la alma mater, amantíssima…

Selinia fue educada para la sumisión, el servilismo, el pensar sin expresión. No era intencionado. Así les había ocurrido a las mujeres de la familia, y lo veían como algo muy natural, no sabiendo hacerlo de otra manera. Selinia era muy niña y todas estas enseñanzas fueron impregnándose en su piel hasta el tuétano. Es en esas edades cuando la educación debe ser muy bien seleccionada y muy medida pues va a determinar el resto de la vida. Luego uno quiere cambiar pero el precio y el desgarro que se produce en el alma es inmenso e irreparable.

Cholas, era amigo de Selinia hacía muchos años, tenían una amistad muy hermosa que les gustaba cuidar, y con tal motivo un día a la semana o cada quince días quedaban y se contaban las incidencias acaecidas en sus vidas; -todo viejo nada nuevo.

Hacía algunos años que habían decidido de mutuo acuerdo conservar su amistad, y no enturbiarla con pasos que les precipitaran al vacío y a la indiferencia que sucede a la vorágine pasional. Hubo un tiempo que el deseo respiraba todos los días, los anhelos sonreían y se vislumbraba un ápice de posible felicidad. ¡Los humanos y sus miedos! La incertidumbre, miedo al rechazo, al compromiso, el abrir la puerta de los sentimientos y mostrar la verdadera cara que hay detrás, (sí, ya sé, la lista es interminable, vale, mejor lo dejamos aquí, ok), todo ello contribuyó al silencio y el silencio se encargó sin mucho esfuerzo de adormecer el anhelo.

Como otras muchas veces habían quedado a media tarde en una cafetería. La camarera se acerca, mirada inquisidora, facciones recias, pregunta, -qué van a tomar. Cholas, cortésmente pregunta a Selinia, -qué tomas, aunque él ya lo sabe. Selinia contesta, -una cerveza, y Cholas pasa el pedido a la camarera que ha presenciado la conversación, -una cerveza para ella y un café con leche, largo de café para mí. La camarera con aire enérgico sale a por el pedido.
Es una mujer de unos cuarenta y cinco, no muy bien llevados, en sus arrugas se puede adivinar que los amoríos han ido dejando huella, y que esa huella lleva un tiempo sin cuidados, sin caricias, la mirada se va ajando, y se puede apreciar un cierto resquemor hacia el género del colgajo. Luego volverá a caer, víctima de la soledad y de ese calor, que por las noches, en pleno invierno, le abrasa las entrañas.

Regresa al minuto y medio con sus andares enérgicos y la bandeja en pleno equilibrio a través de las mesas y los clientes que entran y salen. Pone la cerveza en la mesa y le saca la tapa luego pone el vaso y vierte cuidadosamente la cerveza sin apenas hacer espuma y se la acerca a Cholas, coge el café con leche y se lo pone a Selinia, y otra vez con su andar enérgico emprende la salida en busca de otro servicio.


Cholas, coge la cerveza y se la acerca a Selinia mientras Selinia hace lo propio con el café con leche, sin dejar de manifestar su desagrado por semejante agravio, como si ella no tuviese derecho a tomarse una cerveza, -pero qué es lo que pasa, por qué siempre pasa lo mismo cuando un hombre y una mujer piden café y cerveza, por qué se da por hecho que el café tiene que ser para la mujer y la cerveza para el hombre, cuándo va a cambiar la cultura en este país…

Este suceso les había ocurrido en otras tres ocasiones en distintas cafeterías con distintos camareros/as y diferentes edades. La primera vez la camarera tenía dieciocho años, la segunda vez era camarero y tenía veinticinco, la tercera era mitad y mitad y aparentaba treinta y ahora ésta que estaba de vuelta y media…-no podemos seguir así, estamos en el siglo xxi, por qué hombres esto mujeres aquello.
Siempre solía tener la misma reflexión, con la cual Cholas estaba totalmente de acuerdo, pero sabía que tan solo era una parte de su pensamiento y por que en su orgullo estaba dolida porque ella no pensaba totalmente de esa manera, al menos no en un término más liberal.

Ella seguía pensando que los bebés deben vestirse según el sexo y al ser niñas deben llevar vestidos color rosa, y en el caso contrario azul, y que las niñas son un primor porque pueden ponérseles vestidos preciosos y adornarlas con lacitos y coletitas, y hay para ellas unas casitas de muñecas preciosas, y cuantos detallitos para ellas. Y las maneras de una mujer deben ser más delicadas, más femeninas. Deben tener cortesías con ellas, -¡qué leches Cholas!, tiene que haber diferencias porque una mujer no es igual a un hombre, y además…


Cholas, comprendía el enfado del momento, sabía que enfadarse es muy humano aunque luego sopesando el enfado suele uno encontrarse con la sorpresa de que no tenía mucho sentido, sobre todo cuando analizando las posibles opciones que uno pueda elegir, sería tan buena una como otra, con la única diferencia que aquello que nos molesta lo magnificamos. Cambiar una cultura lleva muchas vidas y por el momento parece ser que sólo tenemos una, aunque hay quien se atreve a decir que tenemos infinidad de vidas y que nos venimos reencarnando desde que el mundo es mundo, que me supongo será hace mucho a lo mejor un lustro, yo que sé, mientras las cosas no cambien y los científicos no digan lo contrario, creeremos que tenemos ésta. Uf, qué rollo.

El caso que todo esto me hizo pensar, y cuando uno hace el esfuerzo de pensar suelen surgir preguntas, que eso no suele ser muy complicado, lo más difícil es encontrar respuestas.

-¿Las diferencias que la sociedad culturalmente nos ha ido presentando a través de los tiempos, son aceptadas o rechazadas en cuestión de lo que en esos momentos nos interese, o por el contrario son rechazadas por principio, o deberían serlo?

-¿Es cultural la genética y lo que con ella viene de serie?

-¿Es cultural los lazos que se crean entre madres e hijos después de nueve meses de viaje?

-Las enseñanzas son algo cultural que se aprende y por lo tanto pueden ser adquiridas y desarrolladas independientemente del sexo. Pero la esencia que viene incrustada en nuestro interior y que hace que tengamos una conducta que determina ciertas acciones concretas ¿es cultural?...

-El dolor menstrual es… ¿cultural?

-Cuando hay malestar por un dolor, la capacidad de comunicación y atención disminuye, la sensibilidad puede afluir con más facilidad, ¿eso es cultural?


Estas son preguntas a las que no encuentro respuestas, en ocasiones creo tenerlas pero analizadas más en profundidad afluye la duda y donde era SI ahora es NO y viceversa. No sé si algún día esto cambiará, pero lo que si sé, es que nunca ocurrirá mientras las madres compren pelotas a los niños y los padres muñecas a las niñas.

-Cholas:

Cuando escucho conversaciones donde se habla despectivamente (por suavizar la expresión) de las mujeres, siempre les recuerdo a quienes hablan que sus madres son mujeres, el semblante cambia repentinamente y durante unos instantes (no mucho todo hay que decirlo) se hace el silencio, luego la conversación baja de tono y va poco a poco desapareciendo en el silencio y recogiéndose en los bolsillos del alma. Por qué… ¿esto es cultural?...

Sigo reflexionando desde el Sótano


Marcial Cortegoso

2 comentarios:

Camy dijo...

¿ Que pasaría si hubiese pedido coñac?

Marcial dijo...

Hola Camy, buena pregunta...? supongo que es más cuestión de cultura que de contenido...no obstante quedo investigando...

Atentamente un saludo